7 La Nube: el arte como libertad
Por Arturo Álvarez Sosa
 

Más allá de la abstracción, ya casi fuera de la tradición masculina del arte moderno, que hizo de la negación su fuente de destrucción del significado, Mireya Baglietto, con la preñez de La Nube, alumbra un proceso de creación carnal que nos reintegra con la esencia femenina del mundo: la unión, la comunión, la comunicación. Nacida para dar a luz, entrega su creación a la vida y no a la locura autodestructiva.

Así, en este espacio plástico en movimiento, el fin de la actividad artística no es la obra sino la libertad, como diría Octavio Paz. Es un espacio en el que sentimos otro espacio. Y este despertar cósmico es un momento de convergencia que florece como la obra de arte plural, en virtud de la permutación y la com-binación. El arte como fiesta, juego, ritual: un arco iris de percepciones que se recrean sin cesar.

Por este camino, que se hace al andar, el placer de los sentidos se convierte en un acto de recreación permanente y el espacio en un mecanismo vivo de transformación. Desaparece entonces, la turbación de tener un cuerpo, y la imaginación que no encuentra obstáculos a su movimiento de calidoscópicas proyecciones plásticas.

Transparente como el agua y el mundo, este sistema laberíntico de sensaciones, precipita el autocono-cimiento personal en la realización de una obra hecha por todos que se sostiene, frugalmente, gracias al cambio en medio de las incertidumbres y las ansiedades.

Casa de Felicidad, espacio sin tiempo donde se anticipan los terrores y las alegrías del largo viaje que la humanidad está iniciando ahora, hacia el corazón de los espacios siderales.

Informal como el Tao, La Nube de Mireya Baglietto borra la distinción entre autor y contemplador al generar, simultáneamente, todas las afectividades intemporales que sostienen nuestros cuerpos en el éxtasis de la multiplicación visual de los espejos.

Mandala, estructura sagrada pentadimensional, donde la vida se reconcilia con la muerte y el cuerpo con la mente; el espíritu con la materia, como partes interdependientes de la naturaleza, de la cual la humani-dad está brotando como una flor de sueños: la plenitud del nosotros compartido en todas las dimensiones del ser.

Obra abierta, inacabada como un manantial inagotable, esta experiencia artística es mayor que la suma de sus partes, las cuales al transformarse mágicamente a través de nuestros ojos, oídos y tacto, en la simultaneidad oceánica de los sentidos, nos revelan en su nueva totalidad que estamos relacionados vitalmente con las infinitas formas de la energía en la recomposición continua de la arquitectura inefable del universo.