Más allá de la abstracción, ya casi fuera de
la tradición masculina del arte moderno, que hizo de la negación
su fuente de destrucción del significado, Mireya Baglietto,
con la preñez de La Nube, alumbra un proceso de creación
carnal que nos reintegra con la esencia femenina del mundo: la unión,
la comunión, la comunicación. Nacida para dar a luz,
entrega su creación a la vida y no a la locura autodestructiva.
Así, en este espacio plástico en movimiento, el fin
de la actividad artística no es la obra sino la libertad,
como diría Octavio Paz. Es un espacio en el que sentimos
otro espacio. Y este despertar cósmico es un momento de convergencia
que florece como la obra de arte plural, en virtud de la permutación
y la com-binación. El arte como fiesta, juego, ritual: un
arco iris de percepciones que se recrean sin cesar.
Por este camino, que se hace al andar, el placer de los sentidos
se convierte en un acto de recreación permanente y el espacio
en un mecanismo vivo de transformación. Desaparece entonces,
la turbación de tener un cuerpo, y la imaginación
que no encuentra obstáculos a su movimiento de calidoscópicas
proyecciones plásticas.
Transparente como el agua y el mundo, este sistema laberíntico
de sensaciones, precipita el autocono-cimiento personal en la realización
de una obra hecha por todos que se sostiene, frugalmente, gracias
al cambio en medio de las incertidumbres y las ansiedades.
Casa de Felicidad, espacio sin tiempo donde se anticipan los terrores
y las alegrías del largo viaje que la humanidad está
iniciando ahora, hacia el corazón de los espacios siderales.
Informal como el Tao, La Nube de Mireya Baglietto borra la distinción
entre autor y contemplador al generar, simultáneamente, todas
las afectividades intemporales que sostienen nuestros cuerpos en
el éxtasis de la multiplicación visual de los espejos.
Mandala, estructura sagrada pentadimensional, donde la vida se reconcilia
con la muerte y el cuerpo con la mente; el espíritu con la
materia, como partes interdependientes de la naturaleza, de la cual
la humani-dad está brotando como una flor de sueños:
la plenitud del nosotros compartido en todas las dimensiones del
ser.
Obra abierta, inacabada como un manantial inagotable, esta experiencia
artística es mayor que la suma de sus partes, las cuales
al transformarse mágicamente a través de nuestros
ojos, oídos y tacto, en la simultaneidad oceánica
de los sentidos, nos revelan en su nueva totalidad que estamos relacionados
vitalmente con las infinitas formas de la energía en la recomposición
continua de la arquitectura inefable del universo.
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