Por esos días, el único recurso era trabajar, jugar
con materiales, crear texturas sin formas. Busqué matices,
transparencias, tramas. El blanco pasó a ser casi una policromía.
Blancos cálidos, blancos fríos, blancos que estaban
al punto de ya no ser más blancos. Fue así que encontré
millones de matices a los blancos.
Me situé concretamente en mi tarea, volví a hacerme
cargo de la totalidad de mi lenguaje plástico para abordar
las inquietudes que me acuciaban. Si embargo, me di cuenta que con
sólo trabajar la materia no tenía la posibilidad de
desentrañar los propósitos; fue así que realicé
un "análisis" casi formal de las coordenadas desde
donde siempre había construido mi obra y mi trabajo. Pude
reconocer que eran las mismas coordenadas heredadas del Renacimiento,
aquellas que encerraron la riqueza de un paisaje den-tro de un cuadro
y las mismas que aprisionaron la estética sensorial de la
naturaleza en un solo punto de vista. Era claro que desde allí
no quería ni debía trabajar, porque esas eran exactamente
las construc-ciones a superar.
Mi búsqueda se convirtió entonces en un camino retrooprogresivo
que me llevó a explorar el movimiento, los ritmos, la danza
y los silencios, los que incorporé para crear un nuevo modo
de trabajo.
Por momentos volvía al plano del papel o de la tela para
trazar una línea y realizar un dibujo y por otros, al espacio
para colgar una piola o armar una escultura simple con un alambre.
Me daba cuenta de que todo aquello que construía sobre el
soporte plano me otorgaba una lectura con puntos de vista predeter-minados;
en cambio, cuando creaba en el espacio, los puntos de vista se multiplicaban
otorgando verda-dero protagonismo al movimiento y la mirada.
Arribé a la concepción de La Nube a través
de diversas experiencias sensoriales que fueron determinando mi
interés en trabajar con los elementos plásticos puros
para que, despojados de todo planteo formal, se fueran organizando
en respuesta a mi búsqueda subconsciente. En ningún
momento quise representar ni evocar imágenes que cubrieran,
por su sugerencia un planteo dialéctico, muy por el contrario,
dejé que estas surgieran como un fenómeno meramente
plástico.
El punto, la línea, el plano, el color y la materia, fueron
desentrañados hasta llegar al desnudo, mientras convocaba
una mayor carga energética que me recorrería el cuerpo
y saldría a la manera de una nueva gestualidad. Paralelamente
a esta búsqueda del accionar, fui haciendo la elección
de los materiales, los que a su vez me aportaron características
propias como el pliegue, la transparencia, las texturas, las tramas
y otras tantas variables del oficio de las artes plásticas.
El vínculo con los nuevos aspectos de la materia ya estaba
definitivamente establecido. Mediante él logré ampliar
mi conciencia sensoperceptiva y desde allí plasmé
mis nuevas obras.
Organicé el soporte según me interesara para mi experiencia,
y así como la línea del dibujo sobre un papel se hacía
hilo en el espacio, las telas conformadas como planos se desplegaban
sobre un soporte o marco vacío.
Trabajé durante un año en los fragmentos de papeles,
telas, piolas, maderas, etc., que serían luego las partes
que conformarían La Nube.
Todo esto me ordenó un camino para arribar a una imagen que
está latente en mí creo que desde siempre: Un espacio
Total, rico, plástico, activo, sensual, transparente, mórbido,
sin gravedad, elevado, intenso, atemporal y dinámico. El
tiempo y el espacio contactados en una sola cosa.
En un momento apoyé conscientemente un punto en ese espacio
y de la energía necesaria para hacer del punto una línea,
surgió en mi cuerpo el protagonismo sensible.
El punto al cual había llegado en mi búsqueda retroprogresiva
volvió a crecer dimensionalmente; se convirtió de
nuevo en línea, pasó al plano y del plano al espacio,
aunque ya no para llegar al cubo sino para desplegarse libremente
en otros espacios que luego se multiplicarían a través
de la magia del espejo. Muy pronto y a causa de ese espejo entendí
la virtualidad, ese territorio que transita entre lo real y lo imaginario,
que convierte el arriba en abajo y que tanto puede multiplicar volúmenes
como convertir un segmento lineal en una línea infinita.
El espejo pasó a ser entonces un instrumento esencial para
dinamizar y multiplicar la mirada, crear lecturas infinitas y desencajar
radicalmente los viejos puntos de vista. También el espejo
me mostró el valor de lo efímero y de esta manera
pude darme cuenta de que lo efímero me conducía a
valorar la impermanencia como una condición natural del eterno
proceso evolutivo y en tanto no encontrara ningún elemento
que anclase mi cognición, el viaje creativo se tornaba ilimitado.
|