Retorno a un espacio sin tiempo
En 1980 comenzó a gestarse dentro de mi, esto que hoy es
el proyecto núbico, invadida por al necesidad de construir
nuevos caminos que hicieran un "puente" sobre esta cultura
que, realimentada por los mis-mos errores de pasado, sigue destruyendo
al ser humano a través del mismo ser humano. Me di cuenta
que quería ir más atrás de lo conocido, provocar
nuevas chispas detonantes de la comprensión.
Un día de verano de ese mismo año, un movimiento interno
muy profundo me desencajó de la realidad cotidiana. Comencé
a sentir que mi cuerpo no respondía a sus "mandos naturales"
y que las palabras que articulaba tampoco respondían a aquello
que querían expresar. Un estado de profunda confusión
se superponía con otro de gran lucidez. Una nueva relación
con el espacio y el tiempo parecía acontecer dentro de mí.
Esa "novedad" me aproximaba a ciertas vivencias que años
atrás me hicieran cuestionar "la verdad de las verdades"
para colocar en su lugar la relatividad de las mismas. En esos años
fui viendo que el marco de las verdades no era otro que el tiempo
y el espacio donde estas acontecían.
Este constante cuestionamiento me mostraba el abismo que tenía
frente a mí, el que únicamente podía trasponer
por medio de un salto cualitativo en mi propia evolución.
En esos días sentía que una gran prisión estaba
a punto de estallar. Era la prisión resultante de las coor-denadas
newtonianas del tiempo y el espacio. Un cubo que oprimió
y condicionó el pensamiento de occidente por más de
quinientos años.
Al mismo tiempo comencé a carecer de puntos de apoyo. Me
sentía flotar sin arraigo y casi sin huesos. Rechazaba toda
estructura, pues cualquiera fuese, siempre me remitía a la
rigidez de la estructura newtoniana.
El lenguaje de comunicación conmigo misma y con las otras
personas se convirtió en viejo y obsoleto, pues sólo
me permitía comprender un mundo plano con derecha y con izquierda,
con arriba y con abajo. El error perceptivo saltó a la vista:
estamos girando vertiginosamente por el inconmensurable espacio
sideral.
Existían valores y factores socio culturales que confundían
mi nuevo pensamiento, los dogmas, la lógica formal, la memoria
educativa, el prejuicio por todo lo que fuera inmaterial y más
aún por aquello que fuera irrepresentable. Desde lo más
profundo de mi ser sintonicé el propio proceso evolutivo,
descubriendo que para renovar nuestra vida sobre la Tierra era imprescindible
sensibilizarse al TIEMPO y al ESPACIO para lograr comprender la
ETERNIDAD. Comencé a valorar al máximo las cualidades
de la mirada prístina y experimenté el gozo del autoconocimiento.
Fui aún más atrás, retrocediendo palmo a palmo
hasta llegar al embrión del pensamiento, a una visión
sin formas, a la comprensión ligada a lo inefable. Llegué
al seno de la energía inmaterial y pasé las puertas
de la comprensión sensible para entrar en un nuevo estado
de mi mundo interno. Casi tocando la locura avancé sin referencias,
dejando de lado todo aquello que me ligara al objeto o a su representación
y me sumergí en un espacio sin nombre y sin perfume, un espacio,
que como dijera Artaud, aún no tenía sitio en el espacio.
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