Al focalizar la atención crítica en esta cultura que,
como una piel envuelve a la humanidad, no podemos hacer más
que focalizar la atención, sin que esto implique perder la
mirada global e integrativa.
Siglos y siglos dedicados a destacar el carácter lineal de
nuestro paso por la vida, han potenciado la ca-pacidad para las
discusiones analíticas del discurso y el desarrollo del pensamiento
lógico y nos han llevado a circunscribir la realidad, abstrayéndola
de su entorno para "facilitar" así su comprensión.
Parecería que los seres humanos tenemos grandes dificultades
para integrarnos con nosotros mismos y con los otros y una enorme
incapacidad para hacer lo propio con el espacio que nos contiene
y com-plementa.
Ese ejercicio de separar y abstraer para "poder entender"
hace que también recortemos nuestra persona del género
humano, y nuestro hoy, de la trascendencia.
Somos una cultura que va y viene sobre los mismos problemas, que
reemplaza un "ismo" por otro, que construye y destruye
mitos e íconos, suponiendo que con ello construye a Dios
y juega con la trascen-dencia. Somos una cultura que confunde focalizar
con abstraer, dos caminos bien diferentes de destacar la realidad.
Somos una cultura que privilegia el poder de la mente sobre el cuerpo,
como si estos fueran entes separables.
Esta cultura ya no puede ser partida en pedazos más pequeños,
pues corre el riesgo de atomizarse. Destacamos el valor del fragmento,
de la separación, del límite y de la incomunicación,
y desde allí, cada uno levanta su propio símbolo para
sentirse representado y de ese modo creer que está presente.
Enseñamos a pensar sobre el pensamiento de los demás
y damos más importancia a la sistematización del pensamiento
que al sentimiento que permite nuevos modos de abarcar la realidad.
Cultura que tiene un ausente común denominador: el cuerpo.
El cuerpo, esa antena receptora de un alto índice de sensibilidad
que usamos en contados momentos, casi nada más que para sentir
el placer sexual o el displacer del hambre o el frío. Esa
antena que es parte y todo, registra, percibe, metaboliza, elabora,
y algunas veces se permite acercar a la realidad para inau-gurar
actos sensibles de integración vital.
La piel para el bronceador y el maquillaje, muy válidos;
los oídos para la sinfónica o el rock; la nariz para
los olores conocidos, el gusto para la comida..., y los ojos siempre
mirando hacia adelante, puntual-mente, sin darles permiso para encontrarse
con el cielo o con el espacio bajo los pies.
¿Por qué esa antena sensible, capaz de sintetizar
el vínculo con el mundo mental, está desconectada?
¿Qué mandato existe para que no dejemos que nuestro
cuerpo registre la respiración de los demás, o la
modificación visual, sonora y táctil que produce cada
hoja cuando el otoño comienza a hacer lo suyo?
¿Qué nos está pasando para que no podamos sostener
en nuestros ojos la mirada del amigo?
¿Por qué no nos emociona la vida voluptuosa que está
presente en el gajo de una naranja o en el serpentear de un río
por entre las piedras y los musgos?
Es nuestra percepción la que debe abrir su espectro para
integrar la realidad de otra manera. Lo más sencillo, lo
más obvio, aquello que tenemos al lado nuestro, eso que nos
complementa, nos valoriza, nos contiene; eso, no lo percibimos.
No hay alternativa. O ejercitamos nuestro protagonismo perceptivo,
sintiendo que la respiración religa nuestro adentro con nuestro
afuera y que en ese afuera, espacio vivo, está el otro, el
género humano, las plantas, las estrellas, lo continente...
Asumimos esa realidad u otros lo harán por nosotros y recortarán
nuestras miradas, dejando al descubierto sólo pequeñísimos
fragmentos de la totalidad, para manejar así nuestra imagen
perceptiva, lo que significa enclaustrarnos dentro de los más
terribles manejos del poder.
No permitamos que nos limiten. Aprendamos a desaprender.
Dejemos que esa vida que respira por los poros y los pulmones se
integre con toda la humanidad, permitiéndonos sentirnos naturalmente
partes pulsantes de esta gran nave espacial llamada planeta tierra.
Abramos nuestros
sentidos para que el erotismo del universo
nos haga partícipes de la Creación. |