4 Acariciemos nuestros sentidos
Por Mireya Baglietto
 

Al focalizar la atención crítica en esta cultura que, como una piel envuelve a la humanidad, no podemos hacer más que focalizar la atención, sin que esto implique perder la mirada global e integrativa.
Siglos y siglos dedicados a destacar el carácter lineal de nuestro paso por la vida, han potenciado la ca-pacidad para las discusiones analíticas del discurso y el desarrollo del pensamiento lógico y nos han llevado a circunscribir la realidad, abstrayéndola de su entorno para "facilitar" así su comprensión.
Parecería que los seres humanos tenemos grandes dificultades para integrarnos con nosotros mismos y con los otros y una enorme incapacidad para hacer lo propio con el espacio que nos contiene y com-plementa.
Ese ejercicio de separar y abstraer para "poder entender" hace que también recortemos nuestra persona del género humano, y nuestro hoy, de la trascendencia.

Somos una cultura que va y viene sobre los mismos problemas, que reemplaza un "ismo" por otro, que construye y destruye mitos e íconos, suponiendo que con ello construye a Dios y juega con la trascen-dencia. Somos una cultura que confunde focalizar con abstraer, dos caminos bien diferentes de destacar la realidad. Somos una cultura que privilegia el poder de la mente sobre el cuerpo, como si estos fueran entes separables.
Esta cultura ya no puede ser partida en pedazos más pequeños, pues corre el riesgo de atomizarse. Destacamos el valor del fragmento, de la separación, del límite y de la incomunicación, y desde allí, cada uno levanta su propio símbolo para sentirse representado y de ese modo creer que está presente.
Enseñamos a pensar sobre el pensamiento de los demás y damos más importancia a la sistematización del pensamiento que al sentimiento que permite nuevos modos de abarcar la realidad.
Cultura que tiene un ausente común denominador: el cuerpo.
El cuerpo, esa antena receptora de un alto índice de sensibilidad que usamos en contados momentos, casi nada más que para sentir el placer sexual o el displacer del hambre o el frío. Esa antena que es parte y todo, registra, percibe, metaboliza, elabora, y algunas veces se permite acercar a la realidad para inau-gurar actos sensibles de integración vital.

La piel para el bronceador y el maquillaje, muy válidos; los oídos para la sinfónica o el rock; la nariz para los olores conocidos, el gusto para la comida..., y los ojos siempre mirando hacia adelante, puntual-mente, sin darles permiso para encontrarse con el cielo o con el espacio bajo los pies.
¿Por qué esa antena sensible, capaz de sintetizar el vínculo con el mundo mental, está desconectada?
¿Qué mandato existe para que no dejemos que nuestro cuerpo registre la respiración de los demás, o la modificación visual, sonora y táctil que produce cada hoja cuando el otoño comienza a hacer lo suyo?
¿Qué nos está pasando para que no podamos sostener en nuestros ojos la mirada del amigo?
¿Por qué no nos emociona la vida voluptuosa que está presente en el gajo de una naranja o en el serpentear de un río por entre las piedras y los musgos?

Es nuestra percepción la que debe abrir su espectro para integrar la realidad de otra manera. Lo más sencillo, lo más obvio, aquello que tenemos al lado nuestro, eso que nos complementa, nos valoriza, nos contiene; eso, no lo percibimos.

No hay alternativa. O ejercitamos nuestro protagonismo perceptivo, sintiendo que la respiración religa nuestro adentro con nuestro afuera y que en ese afuera, espacio vivo, está el otro, el género humano, las plantas, las estrellas, lo continente... Asumimos esa realidad u otros lo harán por nosotros y recortarán nuestras miradas, dejando al descubierto sólo pequeñísimos fragmentos de la totalidad, para manejar así nuestra imagen perceptiva, lo que significa enclaustrarnos dentro de los más terribles manejos del poder.

No permitamos que nos limiten. Aprendamos a desaprender.
Dejemos que esa vida que respira por los poros y los pulmones se integre con toda la humanidad, permitiéndonos sentirnos naturalmente partes pulsantes de esta gran nave espacial llamada planeta tierra.

Abramos nuestros sentidos para que el erotismo del universo
nos haga partícipes de la Creación.